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lunes, octubre 1

Londres


Londres fue mi primer gran amor.

Hubo otros antes: India fue un amor platónico que se convirtió en un affaire de verano que siempre recordaré y que espero repetir.

Colombia fue una historia de rebote, cuando me rechazó Cuba, pero que me terminó conquistando con su simpatía y buena onda.

Nicaragua fue de esos amores inesperados, en los que te encontras demasiado feliz casi sin darte cuenta, México me siguió seduciendo mucho después de que se terminara, Brasil me conquistó varias veces mostrándone sus numerosas facetas.

Pero Londres fue distinto. Londres fue el jugármela toda, el dejar mi vida... fue el irme a convivir.

Llegué sabiendo demasiado poco: entendía un poco de su historia y quizás sabía identificar alguno de sus iconos más reconocidos gracias a alguna película. Pero ya la admiraba por su importancia histórica, política, económica y cultural y la quería por su beta musical, por sus avenidas rebosantes de musicales, y, básicamente, porque era el centro del mundo.

No costó descubrir que todo era perfecto: el transporte público funcionada, las calles estaban limpias, los parques estaban en perfecto estado, las casitas en cada cuadra eran todos iguales y lindas y ... ¡tan londinenses! Los colectivos no hacían ruido, la gente era toda amable, y hasta el mal afamado invierno inglés era mucho mas tranquilo de lo esperado. Mi primera sensación fue que estaba viviendo en un mundo ficticio, como los creado por los parques de Disney imitando una ciudad real. Era Little London, el lugar donde todo funciona, todo el limpio y todos son felices.

El problema es que yo creo que hay algo extrañamente no-atractivo en la perfección. No sé en qué momento me hice la idea (llamemoslo prejuicio si quieren) que en el caos está la verdad, en lo rústico está el encanto y en lo desaliñado está la belleza. Porque las imperfecciones son lo que hacen que algo sea auténtico y esa autenticidad es lo que lo hace real, y esa realidad lo hace entendible y ese entendimiento lo hace querible.

Y aunque no parece lógico ir por la vida protestando porque el subte funciona a la perfección, las calles son silenciosas, los tiempos se cumplen y todo es un poco más fácil en londres, llegué a sentir que estaba todo demasiado estructurado, demasiado planificado, demasiado indicado y que por ende me faltaba el misterio de la intriga, la adrenalina de la incertidumbre, la emoción de la sorpresa.

Pero de a poco entendí que esa no era la esencia de Londres, sino tan solo un adjetivo, que de hecho nace justamente de esa larga historia, cultura y manera de hacer las cosas inglesas.  Fui encontrando entre las grietas ese buscado "caos" que esa perfección trata de controlar y entendí que esa mezcla de caos estructurado y de rusticidad controlada, era, de hecho, el verdadero Londres.

Ese entendimiento me permitió enamorarme de Londres y perderme en ella. Los lugares icónicos de a poco se fueron convirtiendo en la escenografía de mi vida. No iba a Picadilly Circus sólo para sacarme una foto en Picadilly Circus, sino que ahí me juntaba con Audrey a tomar algo. Paseaba por Oxford Street buscando desesperada algún técnico de computadura. En mi hora de almuerzo hacia un picnic en Regeant`s Park. Y cada vez que encontraba alguno de los mercados que abundan por la ciudad - de comida, de fruta y vegetales, de antiguedades, de flores, de música, de libros - me quedaba un rato y compraba mis compras semanales.

Siendo una de las ciudades como más diversa del mundo, conocí un número sorprendente de ingleses, desde el lado social y desde el lado laboral. Comí en sus casas, bailé en sus boliches, salí con ellos, reí charlé, me emborraché, conocí y quise. (Y quiero.) Pude vencer su barrera del politness y me hice amiga.  Desde el punto de vista laboral, me quedé asombrada frente a su capacidad de quedarse horas trabajando frente a la computadora, me horroricé frente a su poca predisposición a sociaizar en el trabajo, pero me volví a amigar cuando fui parte de su ritual casi semanal de hacer after office en un pub. Entendí que ese era su espacio de relax y de ocio separado - muy estructuralmente - del lugar de trabajo. Y Amé los pubs: su universalidad (va gente de todas la edades), su abundancia (hay uno por cuadra), su cotidianeidad (quizás iba a uno todos los días de la semana).

Llegué admirándola por muchas cosas, aprendí a sobrepasar algunos de sus defectos y terminé queriéndola por otras. Y fui muy feliz.

Si volví, no fue porque lo dejé de querer. Sino solamente porque me di cuenta que tenía un amor mas fuerte: Buenos Aires.




3 comentarios:

  1. Candelina, a Londres la vamos a amar siempre, sea un affair, un despecho o un one night stand. Que lindo que podamos ver o que hay detras de la tan aparentada perfección... y seguirla eligiendo. La ciudad te extraña.

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  2. "...Porque las imperfecciones son lo que hacen que algo sea auténtico y esa autenticidad es lo que lo hace real, y esa realidad lo hace entendible y ese entendimiento lo hace querible..."

    Simplemente BRILLANTE este kunda!!!

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  3. madre hay una sola9 oct. 2012 16:38:00

    me encanto este kunda
    es un buen cierre
    es el ultimo?

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